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Manuel Merino Valenzuela
La Libertad:
¿Quimera, entelequia o utopía?
El ejercicio y la practica de la libertad precisa y requiere de una predisposición permanente hacia el respeto a las personas y a las reglas de convivencia de que se dota toda comunidad.
Toda persona debe adoptar en su vida un comportamiento y una actitud frente a los demás, en la que sin renunciar a las mas nobles y legitimas aspiraciones que podamos plantearnos, sepamos al mismo tiempo entender nuestra propia existencia como parte inseparable de un todo que como conjunto conforma un cuerpo social del que no es posible excluirse ya que dentro del mismo el individuo encuentra su propia razón de ser y el seno natural donde desarrollar todas sus potencialidades.
La sociedad y el conjunto de los órganos de gobierno de que se dota deben garantizar al individuo su derecho inalienable a manifestar, defender y propagar sus ideas y opiniones, sin mas sujeción que la subordinación a las leyes sobre las que se sustenta, que deberán estar orientadas a la salvaguarda de dichos derechos y a impedir que la contravención de las mismas provoque la anarquía y el libertinaje, y con ello la degradación de la vida social y la subsiguiente destrucción de la libertad misma, en todos los ordenes.
En el desarrollo que todo individuo hace de su propia libertad, este debe estar sujeto, necesaria y obligatoriamente, a las limitaciones que dimanan del derecho ajeno y que condicionarán siempre su propia actuación individual en el plano social, en aras a garantizar el libre ejercicio de los derechos del resto de sus conciudadanos.
Solo, pues, desde el respeto a la persona, como valor supremo de la sociedad, será posible la convivencia en armonía y el desarrollo armónico del conjunto, y con ello el progreso y la justicia social. De la consecución de tan preciado objetivo somos responsables todos en la medida en que a cada uno nos corresponda, debiendo ser garantes y defensores de dichos valores supremos los poderes publicos, que se sustentan en el poder que emana del pueblo y de cuya soberania son custodios.
Pues bien, cuando se subvierten los valores morales y se trastocan los códigos de conducta, se produce la alteración de la pacifica convivencia y se propicia un clima de desconcierto e inseguridad ciudadana, en la que los buenos modales y la buena educación brillan por su ausencia, dandose pié a que la delincuencia campe a sus aires y en el que el exabrupto y la amenaza se convierte en el lenguaje vulgar de la calle, utilizado como arma arrojadiza por los desalmados a cuyo desenfreno no pone limites la permisividad de algunas autoridades y la excesiva laxitud de algunas leyes y de quienes son responsables de hacerlas cumplir.
Diariamente nos desayunamos, almorzamos y cenamos con noticias terribles del bandidaje que campea por nuestras ciudades: La Violencia de genero a la que no hay manera de poner coto; Bandas organizadas de jóvenes, muchos de ellos en edad adolescente, que se adueñan de la calle, violentando la fraternal convivencia de nuestros hijos e incluso matando a otros jóvenes por "un quitame allá esas pajas"; Mafias organizadas que extorsionan a honrados comerciantes o roban a punta de cuhillo o de pistola a probos ciudadanos; Viles asesinatos cometidos con la mayor atrocidad y que siegan vidas de personas inocentes cuya única culpa es ganarse la vida honradamente y dar trabajo a los demás; Violencia en las aulas que pone los pelos de punta a muchos padres y educadores. La Droga; El Terrorismo, y un larguisimo etcétera.
Si no se actua con mayor contundencia ante la ferocidad de la delincuencia, someteremos nuestro instinto de conservacióna una suicida sociedad de terror. Cuando el delito no se castiga con la dureza y la efectividad que exigen el bienestar y la paz social, el ser humano deja de tener valor para una comunidad que depone sus mas elementales principios de respeto y convivencia en libertad, ante el chantaje de quienes con el crimen y la delincuencia organizada extorsionan a la sociedad, destruyendo sus mas preciados pilares y haciendo de la libertad una quimera y una utopía, patrimonio de unos pocos privilegiados y de aquellos que usando de la fuerza ejercen la peor de las tiranias: El miedo y el terror.
Se está marginando e ignorando la experiencia de siglos y se está erigiendo y tomando cuerpo un humanitarismo suicida que contempla acciones perversas y aberrantes con total permisividad, exponiendo a la colectividad al crimen, las atrocidades, la droga y la rapiña, y privando al ciudadano del derecho a la paz social y al verdadero ejercicio de la libertad, indispensable en toda sociedad bien organizada, para el desarrollo integral del individuo.
Toda sociedad que se precie no puede dar cabida en su seno a determinadas lacras sociales con la excusa de que son consecuencia ineludible de su propia evolución progresiva, puesto que estaria tergiversando el sentir de la gran mayoria de sus ciudadanos, minando con ello sus pilares fundamentales y propiciando la ruina de sus valores morales, a la vez que entregando a las masas a la desazón y la desilusión, pórticos de la desesperanza, que daría paso a una forma de vida en la que cualquier cosa estaría justificada sin con ella se satisfacen los propios instintos; y naturalmente con el mas absoluto de los desprecios por el bien común, a cuyos principios, como ya queda dicho, deberá estar siempre supeditada toda acción personal en el plano social.
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