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Manuel Merino Valenzuela
A mi amita Imelda. Dulzura y encanto;
ternura y delicadeza.
Promesa de mujer excepcional.
A mi querida Jefa. Esencia de mujer,
donde el Don del amor se hace virtud
y la virtud en ella en amor halla.
A mi querido Jefe Jhon, a quien tanto
he querido.
Nadie como él, tesoro inagotable de
bondad, sabe entender, amar y
entregarse a los demás.
Al Gran Jefe Moor. Genio y coraje, nervio
y poderio. Su pronto un torrente, su voz un trueno.
En su Alma un niño, y en su corazón
el amor tiene su nido.
A Paqui, a quien su vocación le condujo
a la mas hermosa de las profesiones:
Cuidar a los animales.
Jamás un reproche; nunca un lamento.
DOVER
(Este es el relato de un acontecimiento veridico, narrado por su propio protagonista. ¿Como lo hizo? ¡Es un misterio! Yo prometo que solo he sido el intrumento del que se ha valido, y a traves de mi mano, conducida dulcemente, nos ha dejado esta hermosa historia llena de ternura)
¿Quién podrá decir con verdad que sabe lo que es amar,
si nunca ha disfrutado de la compañia de un perro?
MI ULTIMO DIA
Era una mañana luminosa del mes de Marzo. Posiblemente fuera Domingo porque a esas horas de la mañana todos estaban en casa, y ademas porque fue el Gran Jeje Moor el que me sacó a evacuar; cosa que el Gran Jefe hacia todos los Domingos por la mañana, en que los demás estaban durmiendo hasta bien entrado el dia.
Era asimismo los Domingos por la mañana cuando mi vejiga se ponia muy hinchada y en mis intestinos apretaban, nerviosos por salir, los excrementos de la pasada cena.
Aquella mañana, cuando el Gran Jefe Moor me soltó de la cadena a la puerta de la casa, corrí desesperado como siempre, en busca del campo que habia cercano a nuestra casa, donde despues de aligerar y soltar lastre, corria y hacia los ejercicios de entrenamiento que el Gran Jefe me impartia.
El Gran Jefe caminaba tras de mí mas despacio que yo en mi loca carrera, por lo que yo siempre hacia alguna parada hasta que lo veia de nuevo aparecer por entre los coches, y acto seguido emprendia de nuevo mi veloz marcha.
Despues de algunas carreras el Gran Jefe Moor se fumaba siempre un cigarrillo mientras yo descansaba entre la hierba y olisqueaba sin parar todo lo que encontraba en aquel campo, que era, o a mi me lo parecia, una inmensa llanura llena de grandes matorrales verdes, entre los cuales a mi me gustaba jugar y esconder siempre las cosas que el Gran Jefe me lanzaba, y que nunca le devolvia, como él pretendia. ¡Eran mis trofeos, y yo los escondia para que nadie me los quitara!
Habia corrido ya lo mio cuando oí al gran jefe que con su voz imperiosa me llamaba:
- ¡Doveeer! ¡Vamonos!
Era ya la hora de retirarse.
En ese momento ví a aprecer por el lindón situado junto a la carretera a un congenere mio, y sin pensarlo un momento me lancé veloz en su busca sin hacer caso al gran jefe.
Oí su estruendosa y fuerte voz a la vez que el amo de mi congenere me sujetaba al borde de la carretera.
- ¡Doveeeer! ¡Ven aquíí!
Me cogio de la cadena que llevaba al cuello, al tiempo que me reñia diciendome:
- ¡Perro Bobo! Un dia te matará un coche como cruces la carretera.
Me ordenó imperioso que me pusiera a su lado y comenzamos a caminar despacio, de vuelta a casa.
En casa aún dormian el Jefe Jhon y la Amita Imelda, y la Jefa trajinaba ya en la cocina preparando desayunos.
Extenuado, como acababa siempre que salia con el Gran Jefe Moor, me tumbé a todo lo largo en la salita azul, que yo llamaba así porque las paredes, mas arriba de donde mi vista horizontal alcanzaba, eran de ese color.
Me estaba quedando profundamente dormido, cosa muy normal en mí, de natural dormilón, junto a la puerta que comunicaba con la cocina, cuando oí a la jefa que decia al gran jefe:
- Chiqui - porque la jefa llamaba así al jefe Moor, cosa que siempre me extrañó, pues me parecia un diminutivo que no cuadraba con la envergadura del gran jefe - Chiqui, no sé lo que le haces al Dover cuando sale contigo, pero siempre vuelve rendido.
¡Si tu supieras! - pensaba yo - y no me dió tiempo a más antes de entrar en un placido sueño.
No sé al cabo de cuanto rato me desperté. era el Jefe Jhon, que me decia:
- ¡Dover! ¡Dover!
- ¡Ay mi Dover! ¿Te ha sacado ya el jefe Moor?
¡Como si el no lo supiera! Si hubiera tenido que esperar a salir hasta esas horas de la mañana, para que el Jefe Jhon me sacara, no sé lo que hubiera podido pasar.
Ya despierto deambule un buen rato por la casa para ver que pasaba. Arañé la puerta de la Amita Imelda, pero estaba cerrada. Tal vez seguiria dormida aún. Era la ultima en levantarse los Domingos.
El Gran Jefe estaba en el despacho sentado a la mesa con algo que se ponia sobre la naríz y que se apoyaba en las orejas. Siempre le veía con aquel artilugio cuando leia o escribia. Un dia lo probé para comprobar a que sabia. Solo pude darle unos mordiscos y arrancarle algún pedazo, que no sabia a nada. Por cierto, que cuando el Jefe Moor se enteró agarró un cabreo impresionante.
La mañana transcurria placida y yo aburrido, como siempre, continuaba mi incansable deambular por toda la casa, aderezado, de vez en cuando, con alguna que otra pelea que emprendia con las alfombrillas de los pasillos.
- ¡Mamá! - era la voz del Gran Jefe Moor que siempre que se dirigia a la Jefa la llamaba con ese nombre que a mí siempre me pareció tan bonito y que tan bien le cuadraba - voy a bajar por el periodico y de camino te subuiré en pan, ¿quieres algo mas?
Cuando el Gran Jefe volvió encontró al Jefe Jhon haciendo preparativos y acopios de herramientas.
- Juanlu, si vas a bajar al coche deberias llevarte el pegamento para pegar la bola de la palanca de cambios.
Despues de prepararse bien de herramientas - ¿que hiria a hacer? - me dijo:
- Dover, vamonos.
- Mamá, estaré en el jardín con el Dover mientras arreglo el coche.
Tengo que decir que cuando oia la palabra ¡vamonos! me volvia loco de contento y todo era un ir y venir frenetico desde donde estaban los jefes hasta la puerta de la calle, y vuelta una y otra vez, hasta que por fín se abria dicha puerta.
El Jefe Jhon se puso a limpiar el coche mientras yo jugaba a su lado, olisqueando como siempre y metiendome de vez en cuando por entre sus piernas para que me hiciera caso.
- Dover, ¿me quieres dejar tranquilo?
Yo volvia a mis andadas y correteaba por el cesped persiguiendo a no se que bichos que a mí se me antojaban ver aparecer por todas partes.
- ¡Dover! ¡Ven aquí! ¡Sientate!
Me senté junto al jefe Jhon, a la sombra. Hacia mas bien calor y apetecia un sitio fresco despues de haber corrido un rato.
Estaba en esa postura cuando de pronto me percaté de la presencia de un congenere mio que junto a la puerta de entrada al jardín, situada al borde de la carretera, jugaba con un humano, que debia ser su dueño. Era un perrillo pequeño. No tendria mas de tres meses y yo ya lo conocia de haberlo visto otras veces.
¡¡Albricias!! ¡Un compañero de juego! Ademas era de los que a mí me gustaban, pequeñito; así lo manejaba a mi antojo.
Dí un brinco y llevado por mi irreflexivo instinto irracional me lancé frenetico en su busca, al tiempo que su dueño tiraba de él con la cadena con la que lo llevaba sujeto, y ví como se alejaba cruzando la carretera.
¡Dover, Dover - era la voz del jefe Jhon - ven aquí, ¡Dover vuelve!
No reparé en nada, ilusionado como iba con los revolcones con los que me las prometia felices junto a mi nuevo compañero de juegos, y continué veloz mi persecución del pequeño canino.
De pronto un golpe brusco, fuerte y seco, frenó mi carrera.
Quedé aturdido e inmovil, sin poder moverme para nada y sin saber lo que habia pasado.
Me salia un hilillo de liquido rojo de mi boca y noté, al relamerme, el hueco donde debia estar uno de mis colmillos.
Me dolia todo el cuerpo, pero no maullé de dolor. Sabia que algo habia hecho mal y me tocaba aguantarme y esperar el regaño del Jefe Jhon.
Al instante llegó junto a mí.
- ¡Dover! ¡Dover! ¿que te ha psado?
- ¿Eres tonto, o qué? ¡Ves lo que te ha ocurrido por no hacerme caso!
Me cogió entre sus fuertes brazos y me llevó en su regazo hasta la puerta de casa. Yo lo miraba con ojos de asombro y de susto porque no sabia lo que estaba pasando.
Me dejó cuidadosamente en el suelo, junto al portal, mientras llamaba:
- Papá, Mamá, bajad enseguida porque al Dover lo ha atropellado un coche y hay que llevarlo al veterinario.
Volvió junto a mí y me acariciaba la cabeza y el lomo, diciendome:
- Ya está, ya está, Dover, no pasa nada.
- Tranquilo, tranquilo.
Y volvia una y otra vez a acariciarme y a consolarme.
Noté algo en sus ojos, de donde comenzaron a salir y a resbalar por sus mejillas gotas de agua, alguna de las cuales cayó en mi hocico y comprobe al relamerlas que eran saladas, como el hilillo rojo que seguia saliendome de mi boca.
- Papá, Mamá, por favor, daros prisa.
Empezaba a jadear, como cuando me sacaba el Gran Jefe a pasear. Intentaba ponerme de pié, pero no podia. Mis patas traseras no se movian por mucho que lo intentaba.
- Ya está, Dover, ya está. No te pongas nervioso. Tranquilo, tranquilo.
Se abrió la puerta y llegaron el Gran Jefe, la Jefa y la Amita Imelda.
Se inclinaron hacia mí todos para verme y acariciarme y ví la cara de enfado y contrariedad del gran jefe, al tiempo que oí su estruendosa voz de siempre, que decia:
- Poned al perro con cuidado encima de esta toalla mientras voy a sacar el coche del garage.
la Jefa me decia:
- Ay Dover, Dover.
Y la Amita Imelda, con un nudo en la garganta que le impedia hablar, me miraba triste y me acariciaba con sus manos.
Me subieron con cuidado en el asiento trasero del gran coche del Gran Jefe Moor. Grande como él. El Jefe Jhon se subió juanto amí, mientras la Jefa se sentó en el asiento delantero, junto al gran jefe.
- Papá, ¿Que se puede hacer? el Dover no mueve las patas traseras. Y mira como tiene el lomo, le ha salido un chichón.
- Vale, hijo, no te preocupes, ahora lo llevamos al veterinario y todo se arreglará.
Yo me sentia debil y dolorido por todas partes, pero el jefe Jhon me abrazaba y me arropaba con su cuerpo dandome animos y palabras de aliento.
De vez en cuando me ponia nervioso porque notaba que me faltaba el aire. Entonces trataba de levantarme y ponerme de pié, pero no lo conseguia. Seguia teniendo jadeos entrecortados y mioraba desconcertado al Jefe Jhon. No comprendia muy bien lo que estaba ocurriendo, pero me imaginaba que debia ser bastante gordo lo que habia hecho, porque nunca habia visto a los jefes en aquel estado de excitación.
Llegaron tres personas y me pusieron sobre una mesa que yo conocia bien, porque era sobre la que siempre me colocaban cuando el Jefe Jhon me llevaba a vacunarme.
Noté dos pinchazos y a continuación se me fueron pasando los dolores y comencé a sentirme mas relajado.
Oí que hablaban entre ellos, los jejes con las tres personas, que erantodos veterinarios según les escuché decir.
Dijeron que habia que trasladarme a otro lugar para hacerme no se qué pruebas que allí no podian hacerme porque no tenian el instrumental necesario.
Me volvieron a subir en el coche del Gran Jefe, porque el Jefe Jhon no consintió que me metieran en el maletero del coche de los veterinarios.
Mientras viajabamos, el Gran Jefe conversaba con uno de los veterinarios, que viajaba con nosotros, y por algunas palabras que se les escaparon empecé a comprender que la situación era bastante grave y que lo tenia bastante mal.
El Jefe Jhon lloraba desconsolado sobre mí y me acurrucaba junto a su cuerpo, prodigandome toda clase de mimos y de palabras de cariño y de consuelo.
Yo le miraba y nunca como en aquel momento hubiese querido hablar, para decirle:
- Animo Juanlu. No estes triste. Veras como todo se arregla. No llores, que me siento muy mal viendote.
Vuelta a ponerme sobre una mesa y a hacerme pruebas y mas pruebas. mientras entraban y salian y entraban, una y otra vez, en la habitación donde estaba y escuchaba como hablaban bajo entre ellos, como si no quisieran que me enterase.
Pero yo ya sabia que me iba a morir.
Empezaban a faltarme las fuerzas y ya apenas si podia levantar la cabeza.
- Juanlu, hijo, el Dover está muymal y tenemos que ayudarle a partir.
Entonces todo el torrente del genio del Gran Jefe se vino abajo y sentí como prorrumpia en sollozos desconsolados.
El Jefe Jhon asentia con la cabeza mientras una y otra vez me acariciaba mi cabeza sin poder articular palabra.
En aquellos momentos me acordaba de mi Amita Imelda, sola en casa y apesadumbrada sin duda por no saber lo que estaba pasando. Me hubiera gustado sentir su beso de despedida.
Al cabo de un pequeño rato sentí de nuevo un pinchazo en una de mis patas delanteras. Via los Jefes de pié, junto a mí, y a continuación me sobrevino un sopor y una gran tranquilidad.
- Ya está - oí decir al veterinario que me habia puesto la inyección.
El Jefe Jhon me acarició por ultima vez y oí sus pasos mientras salia de la habitación sollozando.
El Gran Jefe Moor se acerco cogiendo micabeza entre sus manos. Vi su cara ya borrosa, mientras me decia lleno de dolor: ¡Perro Bobo!
Todo era ya silencio y tranquilidad, cuando sentí, por ultimo, sobre mi cabeza el calido y amoroso beso de la Jefa.
Fue lo ultimo que sentí. No pude tener mejor despedida que aquel adios lleno de ternura y de cariño. De tanta ternura y tanto cariño como estos humanos me dieron, y de tanto amor suyo como me llevo conmigo.
EL DIA DEL REENCUENTRO
¡Y se produjo el milagro!
Era tambien una mañana de Domingo. Un Domingo luminoso y soleado, como aquél en que partió Dover.
El Gran Jefe se disponia, como todos los Domingos, a salir para buscar el peridodico y comprar el pan. Era tambien la hora en que solia sacar al Dover a evacuar y a impartirle sus ejercicios de entrenamiento.
Al abrir la puerta lo encontró allí, delante. Menudito, lanoso, gimiendo. Apenas si se sostenia en pié sobre sus cuatro patitas. Miró entorno suyo y no vió a nadie.
¡¡Era un pequeño Setter!!
Traia anudado al cuello un bonito lazo de color rojo y un pequeño sobrecito cogido al mismo.
El Gran Jefe no salia de su asombro. Lo cogió entre sus brazos y volvió a entrar raudo en casa y con su potente y estruendosa voz gritó:
- Mamá, Juanlu, Imelda, veníd rapidos. Corred, teneis que ver esto.
Llegaron atropelladamente donde estaba el Gran Jefe. El Jefe Jhon y la Amita Imelda en pijama aún. Ninguno salia de su asombro. El pequeño Setter pasaba de mano en mano mientras que el Gran Jefe Moor tomo el pequeño sobre que traia cogido al lazo rojo, lo abrió y comenzó a leer:
¡HOLA!
Se que estais muy tristes por la perdida de mi hermano Dover.
Pero yo he venido a intentar aliviar vuestra pena.
Si me quereis un poquito yo procurare haceros felices.
¡Ah! y traigo un mensaje para vosotros de mi hermano Dover. Porque nosotros los perros tambien tenemos Alma y podemos comunicarnos.
El quiere que os diga que siente mucho el mal rato que os hizo pasar el dia de su partida. Que sabe que os rompió el corazón, pero que no lo pudo remediar.
Que se siente muy contento y muy satisfecho por haber tenido como amo al Jefe Jhon, y que su aliento, sus caricias y sus palabras de consuelo hasta el ultimo momento, le hicieron olvidar sus dolores y sentirse feliz hasta el final.
Que nunca olvidará, como sabe que el Jefe Jhon siempre recordará, las conversaciones "bis a bis" que tenian los dos y en las que él no podia hablar, os entendiais perfectamente. Y las calidas noches pasadas en su habitación mientras él estudiaba, vigilante y en guardia por si lo necesitaba para algo, tal como se lo tenia ordenado el Gran Jefe Moor, o durmiendo placidamente hasta la mañana siguiente en que le pasaba a la habitación de la Amita Imelda cuando se iba a la Universidad.
Que a su Amita Imelda, que lo durmió en sus brazos y lo mimó y acarició con ternura, quiere decirle que se lleva de ella el mas entrañable de los recuerdos. Que echará de menos sus mimos y sus caricias y las horas de sofá compartidas, acurrucados entre cojines. Y su dulce, calida y tierna voz.
A la Jefa quiere decirle que aunque presumia de dura, que a él nunca le engañó, porque sabia que en su corazón de oro solo podia caber amor. Y que así se lo demostró hasta el ultimo momento. Aunque a veces se enfadara con él por las trastadas que hacia y lo rebeldillo que se ponia en ocasiones. Que nunca sentia tanto jubilo como cuando la Jefa llegaba, porque sabia que llegaba el alma de la casa.
Y al Gran Jefe Moor le pide que no se apene más. Que le recuerde con alegria como él recuerda con alegria los dias intensos que vivió en su compañia. Sus largas y extenuantes caminatas; los deliciosos manjares que le preparaba; sus largos conciliabulos que él entendia pero que no podia responder. Que le diga que lamenta mucho las trastadas que le hizo, pero que era porque se sentia muy mál cuando se marchaban y le dejaban solo. Que sabe que siempre tendrá a su perro bobo en su gran corazón - grande como todo en él - como él siempre le recordará con cariño.
Por ultimo quiere deciros a los cuatro que se siente muy orgulloso de haber pertenecido a esa maravillosa y gran familia, en la que pasó su corta vida rodeado de los mejores amigos de los perros: Los Humanos.
Que no sintais mas pena por él y que penseis en lo feliz que lo hicisteis y que fue mientras estuvo con vosotros.
Tambien os pide que me deis a mí tanto amor como a él le disteis, y que no me consintais tantas cosas como a él.
Que él está feliz porque sabe que siempre le llevareis en vuestro corazón, y que os desea, porque os lo mereceis, toda la felicidad del mundo.
¡Ah! y yo os quiero decir, que si quereis me podeis llamar
DOVER
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